jueves, 23 de octubre de 2014

En Tu Zona de Confort (parte 3)

¿Qué es más fuerte: el poder del amor… o el amor al poder?

Capítulo 3: Bicho sin Amor.

(I)

Todos los presentes sin saber qué hacer o qué decir. El denso silencio fue roto por la señora Pancardo.

-       ¿Exactamente a qué se refería su amigo, Nabor?

Nabor no respondía.

-       ¿Don Nabor? – inquirió Bertha, nuevamente.

Vanesa se acercó a Nabor, en papel de esposa auxiliadora.

-       Mi marido en este momento, como ustedes podrán darse cuenta, ha recibido una noticia profundamente triste… permítanme explicarles la situación.

-       Si así lo crees conveniente, Vanesa. – Puntualizó Homero.

-       Resulta que hace algunos años, ocurrió un percance que entrelazó profundamente las vidas de mi marido y el joven Álvarez.

Nabor miró a Vanesa, presa de un miedo atroz ante lo que ella estaba por decir.

-       ¡Vanesa!

-       Descuida amor, no te aflijas… yo me encargo de explicarles todo… resulta que… como les decía, hace unos años, mi marido sufrió un accidente automovilístico; y perdió una gran cantidad de sangre.

El alivio se reflejó en el rostro de Nabor, suspirando sin ningún recato. Vanesa continuó la mentira:

-       Entonces, apareció Julián Álvarez en nuestras vidas, pues él fue quien donó la sangre para salvar la vida de Nabor.

-       Sí, fue eso, por la sangre. – murmuró Restrepo, pensativo.

-       Como en aquellos tiempos todavía no se hacían pruebas exhaustivas, pues al parecer no se detectó que la transfusión de mi marido, estaba contaminada.

Los Pancardo asintieron, sin terminarse de convencer.

De recámaras se escuchó el grito de Genaro, en pleno ataque de angustia y zozobra.

-       ¡Nooo! ¿Por qué a miií?

-       ¿Y eso? – inquirió Bertha.

-       Bueno, es que, ustedes saben… el joven Genaro es muy sensible… y es obvio que también esta noticia lo ha afectado. – aclaró Vanesa.

Algo no le cuadraba a Homero, por lo que puntualizó:

-       ¿Y a él, personalmente, en qué le afecta? Después de todo, apenas si conoce al joven Álvarez.

-       Es que él también recibió una transfusión. – Aclaró Nabor, enredando más las cosas.

-       ¿De parte del señor Julián? – preguntó Bertha, confundida.

-       No, de mi parte. – respondió Restrepo, apesadumbrado.

-       Oh. ¿También sufrió un accidente?

Totalmente confundido, Homero se dio por vencido.

-       Mujer, no seas metiche… ¿Ves la tempestad y no te hincas?

Los lamentos seguían escuchándose desaforados, desde recámaras. Acompañados de un agudo lloriqueo.

-       ¡Tan joven y ya condenado a muerte! ¡En la flor de la vida…! – Chilló Genaro.

Vanesa decidió tomar cartas en el asunto.

-       Regreso en seguida. Están en su casa. Ya vuelvo.

Vanesa subió a recámaras.

-       Bueno, creo que el licenciado y su mujer preferirán estar a solas. Creo que es hora de que nos retiremos, Berta.

Entonces se escucharon un par de sonoras cachetadas y Genaro se calló ipso facto.

-       ¿Oyeron eso? – dijo Bertha,

-       Yo no oí nada, vámonos. – ordenó Homero.

-       ¿No nos vamos a despedir de Vanesita?

-       Vá-mo-nos.

El Señor Pancardo jaló a su esposa hacia la puerta de salida. Ella se resistía.

-       No, espérate, Homero… tengo que despedirme de Vanesita.
El otro la jaló consigo a la salida.

-       ¡Hasta luego, don Nabor! ¡Estamos en contacto!

Nabor sólo asintió con la cabeza, desde otro plano existencial. Los Pancardo se fueron y la puerta se cerró. Nabor se quedó solo y Vanesa regresó de recámaras.

-       ¿Cómo está Genaro?

-       Nada que un par de cachetadas no pudieran remediar… y tú, ¿cómo te sientes?

Él, afligido, hundió su cara entre las manos.

-       De la chingada… no sólo mi carrera está acabada; sino también mi vida.

-       No, amor… no todo está perdido. Ni siquiera sabemos exactamente a qué se estaba refiriendo Julián… igual estaba hablando de… bueno, no sé… ¿Hepatitis “B”?

Nabor rió histéricamente.

-       ¿Hepatitis B? ¡No, Vanesa! ¡Es claro que él estaba hablando de VIH! ¡No hay vuelta de hoja! ¡Los Pancardo lo escucharon todo! ¡Pinche Julián pendejo! Parece que no se pudo haber esperado a que estuviéramos a solas para empezar con sus lloriqueos.
-        
Vanesa se armó de paciencia. Había que empezar a aplicar el plan “control de daños”.

-       A ver Nabor, veamos con frialdad las opciones.

-       ¿Cuáles opciones? Tú sabes que él y yo llevábamos años sin usar condón, mujer.

-       Aún así, puede que no estés infectado; siempre hay una posibilidad, pequeña pero la hay.

-       ¡Te digo que no la hay, Vanesa! ¿No ves que en estos casos los pasivos siempre llevamos las de perder?

Nabor se puso a llorar. Vanesa se sentía incómoda ante la situación.

-       Ten calma Nabor… “mientras hay vida, hay esperanza”.

-       Déjate de lugares comunes… la verdad es que mi existencia está completamente jodida.

Nabor lloraba en el regazo de Vanesa, cual niño pequeño. Ella, cual madre protectora, lo abrazó.

-       Ven, vamos a acompañar a Genaro, él también debe de sentirse pues… “jodido”.

-       Ay, pobre de mi muchachito… él sólo es una víctima inocente del pendejo de Julián… -  Agregó con cursi remordimiento - ¿Por qué tenía que llevárselo a él entre las patas? ¿Por qué?

De la mano, Vanesa se llevó a Nabor a recámaras.

(II)

La Residencia Restrepo estaba silenciosa y vacía. Luego, usando su propia llave, entró Julián de la calle. Encendió un cigarrillo y fumaba, con aires de Diva. Esperó. Vanesa bajó de recámaras, al tiempo que decía:

-       Les di un par de somníferos y ahora duermen el sueño de los justos.

-       ¿Cómo salió todo?

Mientras dialogaban, Vanesa sacó de un cajón la pila del teléfono inalámbrico y la puso al auricular. Luego reconectó el aparato a la línea.

-       El asunto se puso un poco dramático, pero lo pude controlar… Oye, eso de – Lo remedó - “No puedo creer que esto me esté pasando a mí, a mí” estuvo fenomenal, ¿eh?

-       ¿Verdad que me merezco un Premio de la Academia?

-       Mhhh… no tanto así, pero tal vez sí un Ariel, o una Diosa de Plata.

-       Olvídalo, mejor así lo dejamos.

-       Bueno, lo que tú digas.

Ella también encendió un cigarrillo. Esta vez, le puso la boquilla. Formaban la perfecta representación de un par de mujeres fatales.

-       Vanesa, tengo miedo… ¿qué tal si…?

-       Que tal si…”, ¡nada! Nabor se lo merecía, abusó de su poder y ahora nosotros somos los ejecutores de su castigo.

-       No puedo creer que sigas sintiendo algo por él después de cómo te trataba. – dijo ella.

-       Es que el amor es ciego. – respondió él.

-       Más bien es pendejo… pero bueno. Cada quién su vida.

Julián se quedó pensativo un momento, para luego decir:

-       Perdóname si me meto en lo que no me importa, pero… yo sigo sin entender, ¿qué ganas tú con todo esto?

-       Mi libertad. – aclaró ella.

-       ¿Tu libertad? ¿De qué o qué?

-       Quiero renunciar a esta vida de apariencias, de hipocresías… - Se sinceró - Y estoy enamorada de alguien.

-       Pues divórciate y ya. Argumentas que el matrimonio “nunca se consumó”; al fin que Nabor nunca te cumplió, ¿o sí?

-       Nabor y yo nunca nos hemos acostado.

-       ¿Ni tan siquiera se echaron un “rapidín”? – dijo él, pícaro.

-       Ya te dije que no. Él tiene sus preferencias y yo las mías… lo que pasa es que él… ya me dijo que nunca me dará el divorcio.

-       ¿Qué?

-       Sí, dice que eso “afectaría su imagen pública”; que lastimaría su imagen de “hombre de familia” y demás estupideces… está como vuelto loco con eso de la “reputación”.

Julián no daba crédito a lo que escuchaba. Vanesa prosiguió.

-       Si se conformara con ser diputado, igual y sí se separaba de mí… pero como quiere ir “por la grande”, pues desde ahora va a hacerse pasar como un hombre de principios y valores… lo que incluye vivir con una pareja estable, de años. La reputación, le dicen.

-       La reputación, mejor conocida como la “reputa”… aunque en el caso de Nabor más bien es “reputo”; pero bueno… yo no acabo de entender; él se anda exhibiendo por ahí con su pequeño Geranio, florecita de barrio, y a ti no te quiere dar el divorcio.

Dando una calada a su cigarro, él inquirió:

-       Y, pues… ¿se puede saber de quién estás enamorada?

-       No. Por el momento, no. – dijo ella.

-       Uh, cuanto misterio. Entonces, abandónalo y ya. Corre a los brazos de tu amorcito, quienquiera que sea, y sé feliz.

-       Pero antes, Nabor tenía que pagar “por su soberbia y su traición”.

-       Ah que comadrita… ahora sí que me saliste con frasecitas melodramáticas. Para el libro de “citas citables”, como diría el Geranio ese.

-       No me interrumpas… Nabor y yo teníamos un pacto: cada uno por su lado hacía lo suyo; y estaríamos juntos mientras así nos conviniera a ambos. Y ahora que yo quiero romper el acuerdo, él se niega a dejarme ir.

-       Bueno, pues ahora estableceremos un nuevo pacto, tú y yo.

-       Por Dios, Julián… no seas cursi.

Entonces Julián fue a la cocina. Y regresó con un filoso cuchillo.

-       ¿Te parece bien esto para contrarrestar lo cursi? – dijo él.

-       ¿Qué te pasa, te has vuelto loco?

Y con un pequeño tajo se hizo una cortada en la palma de la mano.

-       No, únicamente estoy llevando nuestra complicidad hasta las últimas consecuencias. – Tendió su mano sangrante a Vanesa - Mezcla tu sangre con la mía, y en lugar de comadres, seremos “hermanas de sangre”.

Vanesa un poco asustada, retrocedió unos pasos.

-       Esto no tiene sentido, déjate de tonterías y ven para que te ponga un curita. – dijo ella.

-       Vaya, por lo que veo, no eres tan valiente como pensaba. ¿Te da… “cosa”?

-       No, no me da “cosa”.

-       Supongamos que te digo que no te seguiré ayudando con el plan si no aceptas ser mi hermana de sangre.

Entonces Vanesa se enojó y tomó el cuchillo, parecía que iba a hacerse una cortada en la palma de la mano, pero con un rápido movimiento se acercó y sometió a Julián, acercando el filo del cuchillo a su cuello.

-       Y supongamos que en este mismo momento te corto los tanates, te los zambuto hasta la garganta y luego te degüello. – Dijo ella.

Julián estaba ligeramente asustado por la acción de Vanesa.

-       ¡Vaya, la leona despertó! – dijo él.

-       La idea de decirle a Nabor que tenías SIDA fue tuya; dime la verdad, ¿estás infectado o no?

Julián le acercó su mano sangrante.

-        ¿Todos vamos a morirnos de algo, no? – dijo él.

-       ¿Estás enfermo o no?

-       Da lo mismo.

Vanesa lo soltó, casi aventándolo.

-       Sí estás enfermo, pero de la cabeza.

Julián rió, amargo.

-       Debe ser el dolor de haber sido despreciado por Nabor… ¿sabes cómo se siente que la gente que tú amas, ya no te desee?

-       Sí, lo sé. He tenido amantes; y todos se han ido porque de alguna forma u otra, el deseo se desvaneció; pero ahora he encontrado a alguien cuyo amor es a prueba del tiempo y del marchitamiento de la carne.

Entonces, con un movimiento, se rajó con el cuchillo la palma de la mano, muy ligeramente.

-       Y por ello, estoy dispuesta a todo. – Recalcó ella.

Le extendió su mano a Julián.

-       ¿Realmente confías en mí? ¿Me ayudarías a regresar a esta casa, para poder llevar a cabo el plan? – dijo él.

-       Mi mano sangrante habla por sí sola, ¿no? Al principio de todo esto, me dijiste que no estabas infectado y yo te creo.

Julián vio la mano de Vanesa, extendió su propia mano y se le acercó lentamente.

-       ¿Y si te mentí?

-       Entonces habré sido una pendeja por creer en tu palabra.

Vanesa y Julián entrelazaron sus manos. Así se quedaron unos instantes.

-       Ya, suéltame. – dijo ella.

-       No, todavía no.

Y se miraron fijamente, sintiendo la tibieza de la sangre del otro, mezclándose con la suya propia.


FIN DEL CAPÍTULO 3

En tu Zona de Confort (parte 2)

CAPÍTULO 2: Operación “Rosa Mexicano”.
(I)

Días más tarde, un montón de reporteros hacía gala de presencia en la estancia, con los anfitriones de costumbre: Nabor, Vanesa y Julián. Mezclado entre los reporteros se encontraba un muchacho que no era periodista ni fotógrafo, llamado Genaro. Uno de los reporteros se volvió a su camarógrafo para decir:

-       Y esta noche, tendremos las declaraciones del diputado Restrepo, sobre su iniciativa de ley para cerrar todos aquellos bares que sean sospechosamente frecuentados por… ¡“gentes de costumbres raras”!

Nabor se tomaba el periplo con calma. Vanesa estaba a su lado, respaldándolo. Julián se encontraba un poco más alejado, al pendiente de todo; tenía varios folletos en la mano. Al fondo, habían colocado una pantalla, para usar más adelante en la presentación. El licenciado Restrepo tomó la palabra:

-       Pues, como les iba diciendo, señores de la prensa… esta propuesta mía, ha salido en función de que considero que es mi deber como ciudadano velar por la salud física y mental de nuestra juventud… éste es uno de los múltiples pasos que pienso dar, para cuidar a nuestros muchachitos de la corrupción de que pudieran ser objeto por parte de individuos de… conductas desviadas.

Vanesa y Julián permanecían al lado de Nabor, pero en sus rostros, si se ponía la suficiente atención  se podía ver retratada la inconformidad. Nabor seguía con su estudiada retórica.

-       A continuación, mi secretario les repartirá un documento en el que detallo los puntos de mi campaña, a la que he denominado, operación “Limpieza Rosa Mexicano”.

El joven Genaro seguía con interés el discurso, aunque algo confundido. Nabor en lo suyo:

-       Quiero mostrarles un breve video sobre el degenere que se vive en los antros de perdición que quiero cerrar, para que ustedes sean testigos de las cosas horrendas que pasan en esos tugurios.

Las luces de la estancia bajaron un poco. En la pantalla fue proyectada una serie de imágenes donde se mostraban los torsos desnudos de atractivos hombres; así como de vez en cuando algunos traseros masculinos en interesante tanga brasileña; todos bailando al ritmo de música electrónica sugestiva.

Los reporteros se miraron entre sí, un poco desconcertados. Algunas de las reporteras perdieron la compostura y gritaron muy excitadas, como si estuvieran en algún show Chippendale. Vanesa se unió a a la fiesta de las reporteras, que tomaban frenéticamente la nota de lo que acontecía.

Nabor tomó del brazo a Julián y se lo llevó a un rincón, procurando ser discreto.

-       Julián, ese NO era el DVD que tenías que poner… es el otro, la del falso reportaje que mandé hacer.

Julián lo miró con sorna.

-       Ah caramba… ¿cómo pude haber cometido un error de esa magnitud? Me he de haber confundido.

Nabor le soltó un zopapo.

-       Confundido tienes el culo, cabrón.

Julián hizo un esfuerzo por mantener el control. Y muy quedamente le respondió:

-       Licenciado Restrepo, una cosa es que se olvide de sus raíces gays y otra muy diferente que ande por ahí lanzando ataques a sus compañeros de gremio. Eso de veras, ¡es no-te-ner ma-dre!

-       Entiéndeme, este numerito lo tuve que armar para darle un poco el avión a los Pancardo… ellos nos apoyaron con mucho dinero en la campaña y ahora tengo que corresponderles de alguna manera, promoviendo un operativo del que me han insistido mucho. Todo es parte del juego, ni te fijes.

Julián se quedó callado un momento, pero  luego dijo:

-       Por cierto, ¿ya te diste cuenta que en tu lista negra pusiste precisamente el bar donde nos conocimos?

A Nabor le dio un muy oportuno acceso de “tos”. Julián prosiguió su argumentación.

-       ¿Y ahora dime… qué va a ser de aquellas parejas cuyo “destino” era conocerse en ese preciso lugar, y que ahora tú te vas a encargar de cerrar?

-       Pues si “el destino” lo quiere, ya se conocerán en otro lado. Y deja de molestar, que ahora tengo que ver cómo arreglo este desaguisado en el que me acabas de meter.

Nabor se acercó hacia donde estaba la pantalla y la apagó más pronto que inmediatamente. Nervioso, agregó…

-       ¿Ya lo ven? ¿Ya lo ven? ¡No hay más que vicio y degeneración en esos lugares! Pura corrupción de menores. Pobres jovencitos…

Y entonces sufrió un lapsus brutus.

-       …tan tiernos, en edad de formación, con sus mentecitas…Sus cuerpecitos tan… digo, bueno, ustedes saben a lo que me refiero.

Luego rectificó.

-       Y por todos los horrores que acabamos de ver, creo que es más que evidente el porqué de mi iniciativa de ley “Limpieza Rosa Mexicano”. ¿Alguna pregunta, señores de la prensa?

Una reportera levantó la mano.

-       Dígame, señorita.

-       Oiga licenciado, ¿dónde puedo conseguir una copia de ese video?

Entonces intervino otra reportera…

-       Sí, es un muy buen material… periodístico, quiero decir.

Mientras tanto, los reporteros comenzaron a examinar sus folletos, pues en el interior de ellos venían preservativos, todos se miraron extrañados entre sí, pero nadie decía algo. Nabor hizo acopio de paciencia para no estallar.

-       Mi secretario particular les dará toda la información al respecto.

Otro reportero intervino.

-       Y díganos, don Nabor… ¿está usted de broma hoy?

-       Eh… no entiendo la pregunta, joven.

-       A lo que se refiere mi colega es que, adjunto a su documento de iniciativa de ley, viene un folleto sobre el sexo seguro y “esto”

Y le mostró el condón en su empaque.

Nabor se quedó de una pieza. Volteó para mirar a Julián, quien se limitó a tararear alguna canción de moda, haciéndose el desentendido. Vanesa entró al quite.

-       Lo que pasa es que mi marido quiere que ustedes tengan información de primera mano, que vean el tipo de panfletos que circulan en esos lugares… como ustedes se darán cuenta, se trata de invitaciones a una vida disipada, al libertinaje.

Otro le replicó.

-       Pues a mí me parece que este folleto y este condón son buenas iniciativas de salud pública.

-       Bueno, bueno… es cuestión de enfoques, hay quienes ven el vaso medio vacío y quienes el vaso medio lleno… ustedes saben que yo abogo por una sociedad orientada a la familia, a los valores, al sexo destinado a la procreación.

Y otra completó, haciendo sexys movimientos pélvicos.

-       ¡Y también a la recreación!

Nabor no sabía qué más hacer para controlar la situación.

-       Bueno, bueno… creo que por hoy daremos por terminada la sesión de preguntas y respuestas. Damas y caballeros, muchas gracias por su amable presencia.

Los reporteros comenzaron a retirarse, algunos protestando ad libitum. Vanesa se despedía de todos ellos en la puerta de salida.

El único que quedaba era Genaro, que comparado con Julián. Se veía más joven, guapo y muy ligeramente afeminado. Genaro esperaba sentado en alguna silla.

Mientras tanto, Julián se acercó a Nabor.

-       ¿Estás enojadito, “Nabito”?

-       Ya te dije que no me gusta que me digas así en público… “Juliancito”. Y no, no estoy enojado, ¡sino encabronado…! Mira que hacerme este tipo de bromitas enfrente de los reporteros… ¿¡Ves que todos ellos son un nido de víboras y todavía le echas más leña al fuego?!

Vanesa se percató de que Genaro no se había retirado. Se acercó a platicar con él. Ella asentía mientras escuchaba lo que le decía.

Mientras tanto, Julián y Nabor seguían en lo suyo.

-       Lo que pasa es que quería que tuvieras una anagnórisis.

-       ¿Una, qué?

-       Una “Toma de conciencia”, Nabor… para que te des cuenta que estás pisando, por decirlo en tus propias palabras, un terreno muy resbaladizo… te estás volviendo hipócrita y eso te va a acarrear muy graves problemas.

Nabor lo escuchó con atención, arrugando el entrecejo. Julián prosiguió su explicación.

-       O estás a favor de un movimiento o en contra de él. Es algo así como lo que escuché en una película: si eres gay, estás de un lado de la carretera; si eres buga, estás del otro lado… pero si no eres ni lo uno ni lo otro, pues te pueden atropellar por andar en medio del camino.

-       Julián, mejor bájale a tus ínfulas de guerrillero enclosetado… Y de una vez déjame aclararte una cosa: yo me manejo como creo que tengo que hacerlo y punto… independientemente de que te guste a ti o no.

Y le recalcó con firmeza:

-       Por eso eres mi secretario, no mi consejero. Tú tomas nota de mis declaraciones y me coordinas la agenda. Nunca te he pedido opinión, ni te la pediré, sobre lo que debo o no debo hacer. ¿He sido claro?

Julián se quedó callado, molesto y algo resentido por las palabras de nabor. En eso, Vanesa se acercó.

-       Nabor, ejem… el joven que está ahí sentado dice que tiene cita contigo… por lo de un anuncio que pusiste en el periódico.

-       ¿Anuncio? ¿Qué anuncio? – respingó Julián.

Nabor aclaró las cosas:

-       No eres el único que amaneció con ganas dar “sorpresitas”… - Se dirigió a Genaro -  Ven muchacho, acércate.

Genaro, tímido, se acercó a Nabor y compañía.

-       Les presento a Genaro Villalongín, mi asistente segundo- dijo el licenciado Restrepo.

Vanesa y Julián se quedaron de una pieza.

-       ¿Tu queeé?

-       Mi asistente segundo. En vista de que Julián tiene tanto trabajo, y que por eso luego se le confunden los DVD’s y los folletos de propaganda, he decidido aligerarle la carga… - se dirigió a Julián - Tú ahora coordinarás mis relaciones públicas, y Genaro se encargará de mis necesidades “personales”.

Vanesa y Julián quedaron estupefactos al escuchar esto último. Nabor les sonrió, a la vez que decía:

-       No pongan esa cara… a lo mejor no me expliqué con claridad.

-       Más claro ni el agua, querido. – observó Vanesa.

-       Quise decir que ahora Genaro se encargará de llevar mi agenda y las llamadas telefónicas… en tanto Julián será el encargado de checar los correos electrónicos, contestarlos, elaborar los oficios y, lo más importante: quedarse en la oficina a recibir a todas aquellas personas que quieran contactarme.

Julián, tratando de disimular su resentimiento, le dijo a Genaro:

-       Vaya, veo que las nuevas generaciones ya están afilando los colmillos – Hizo una pausita dramática - Por cierto, Genaro, ¿de dónde saliste?, me explico: ¿dónde estudiaste?

-       En una universidad privada, señor… ¿y usted?

-       En una hermosa y democrática escuela pública.

Entonces Nabor intervino, mala leche.

-       ¿Tú eres pasante, verdad Genaro? Aquí el licenciado Julián Álvarez ya se tituló. Por eso lo estamos promoviendo a un puesto más sofisticad…. pero todos empezamos desde abajo. Igual así empezó – Miró a Julián - el “licenciado”.

Julián se dio cuenta de que no tenía de otra, más que de “morderse uno y la mitad del otro”.

-       Vanesa, por favor lleva a Genaro a la cocina, para que el servicio se ponga a sus órdenes… para que cuando se mude aquí, no haya ningún problema. Remató Nabor.

Vanesa, todavía asombrada, se llevó a Genaro a la cocina. Ya a solas, Julián reclamó:

-       ¿Cómo que ese escuinclito se va a venir a vivir a la casa?

-       Pues lógico que si va a ser mi asistente personal, lo necesito disponible para mí las 24 horas del día.

-       ¿Y yo, que estoy pintado o qué?

-       No, Juliancito… tú vas a quedarte a vivir en la oficina. Alguien tiene que estar allá también las 24 horas del día, recibiendo los mensajes que llegan a medianoche.

Julián recurrió a la táctica que mejor conocía: las frases melodramáticas.

-       Me quieres lejos de ti, ¿verdad?

-       No lo tomes así, Julián… simplemente, te estoy colocando en el lugar donde creo que puedes desempeñarte con mayor eficiencia.

-       No, no es cierto… ¡lo que pasa es que ahora quieres ligarte a este jotonete y por eso me relegas!

Nabor se quedó callado, inconmovible.

-       Te estás desquitando porque siempre te ando critique y critique, ¿verdad? Es eso… desquite y… ¡calentura!

-       ¿Perdón, qué dijiste?

-       Lo que oíste, “quieres enchufarte” al tal Geranio o cómo se llame. Y claro, a mí me mandas a volar, me haces a un lado y me corres de tu vida…

Nabor desestimó los sentimientos del otro.

-       Con tu permiso, me retiro a descansar… ha sido un día muy intenso, lleno de sorpresas para todos. Ah, por favor dile a Genaro que suba a darme un masajito con final feliz, por favor.

Nabor se retiró a recámaras. Julián se quedó ahí parado. Vanesa y Genaro regresaron de la cocina.

-       Que dice el licenciado Restrepo que suba el joven Geranio a darle su masaje “con final feliz”.

-       Soy Genaro, señor.

-       Lo que seas, pues. Sube ya.

-       Sí, señor.

-       ¡Y no me digas “señor”, carajo! Me haces sentir… viejo.

-       No señor, digo… no, licenciado.

-       Tampoco me digas así, ¡no me gusta que me digan así!

-       Bueno, está bien.

-       Álvarez, me apellido Álvarez.

-       Está bien, “señorito” Álvarez.

Vanesa paró la discusión.

-       Mejor ya súbete Genaro, por favor.

Genaro estaba por subirse a recámaras, pero Julián lo detuvo.

-       Una pregunta, Geranio-Genaro… ¿A poco enseñan a dar masajes felices en las escuelas privadas?

-       Oh, no… Eso lo aprendí en otro lado… con su permiso, señorito Álvarez.

Genaro subió a recámaras. Julián y Vanesa se quedaron a solas. Él, al borde de las lágrimas.

-       No puedo creerlo, después de todos estos años…

Sin inmutarse, Vanesa le extendió un pañuelo a Julián. Luego encendió un cigarro para ella.

-       Ya Julián, deja de hacerle al intenso… y como dicen por ahí: “no te claves en la textura”. – Y exhaló una bocanada de humo en plan de femme fatale.

-       Es que de veras me duele que me traten de esta forma. Uno que se desvive por hacer feliz a la pareja y ya ves, lo tratan a uno con la punta del pie.

-       Bueno, no puedes negar que varias veces ya le habías hecho la vida de cuadritos al pobre de Nabor. Por aquello de que siempre le andabas reclamando su doble vida.

-       Prometo que no lo vuelvo a hacer…

-       Se me hace que ya es un poco tarde para eso. Mira, tómalo con filosofía… lo de ustedes fue un ciclo que acaba de cerrarse y, pues, a otra cosa, - le echó el humo en la cara - “mariposa”.

Julián enjugó sus lágrimas y se limpió la nariz; luego, un poco más sereno, agregó.

-       Admiro mucho tu entereza… mira que aguantar todas las escapadas que tu esposo y yo teníamos, pues no cualquiera, ¿eh?

-       Bueno, todos obtenemos algo a cambio de ceder en otras cosas… pero todo tiene un límite. Créeme, de verdad es intolerable ver cómo se van acumulando los esqueletos en el armario de Nabor.

Julián se asustó.

-       ¿Los esqueletos? ¿Qué, también le gusta “ponerle” con los difuntos?

-       No, Julián. Es una expresión… quiere decir todos los “pequeños y sucios secretos” que la gente oculta a la vista de los demás; esos son los esqueletos, que luego salen y les pegan de sustos a los que los guardan.

-       ¿Algo así como lo que le pasó a Clinton con la Lewinski?

-       Exacto. Aunque en el caso de Nabor, los esqueletos no están en el armario, sino “en el clóset”, ¿captas?

-       Oh, sí claro… los esqueletos en el clóset. Supongo que ahora soy uno de ellos. Uno más para la colección.

-       Eso es algo que podrías usar a tu favor.

-       ¿Exactamente a qué te refieres?

-       Sólo imagínate el escándalo que se armaría si se llega a saber que tú y Nabor… ¡fueron amantes!

Julián miró a Vanesa, asustado.

-       Manita, no me estás tratando de chantajear, ¿verdad?

-       No, menso; pero piensa en la posibilidad de asegurarte un medio de vida utilizando “el secretito” de Nabor para poder seguir gozando de una vida cómoda.

-       Eh, perdóname pero discúlpame… pero creo que estamos hablando de tu marido, querida.

-       Nuestro marido, querido. Que ahora tiene el descaro de engañarnos a ti y a mí.

-       Francamente, yo no veo las razones por las que tú quisieras formar parte de un plan así… después de todo, vives bien aguantando los pecadillos de Nabor.

-       Sí, pero tenemos que ser realistas, Juliancito… digo, Julián. Nabor dice que quiere cuidar su imagen y bla, bla, bla… pero lo cierto es que cada vez se preocupa menos por guardar las apariencias. Digo, ese tal Geranio tiene escrito en toda la cara la frase “¿Soy joto, y qué?”.

-       Vaya, veo que no soy el único que leyó eso en la cara del escuincle ese.

-       ¿Ya lo ves? Tarde o temprano la bomba va a estallar. Todo el show de Nabor se caerá y nosotros, tú y yo, vamos a sufrir los resultados de sus imprudencias. Tenemos que pensar a futuro, comadrita.

-       Pues sí, viéndolo así, tienes razón… pero, espera un momento; se supone que ambos lo amamos, lo queremos. Después de todo, tú eres su esposa.

-       Y tú eres su pareja de años.

Los dos se miraron, pensativos.

(II)

Días más tarde, Julián se recostó en el sofá del despacho de Nabor, en las oficinas de El Partido. La tensión nerviosa por el ajetreo en la oficina y la tristeza de no ver al licenciado desde hacía más de una semana, ya comenzaban a hacer mella en su ánimo; y su tristeza había trocado en resentimiento. Por eso, había decidido aceptar la propuesta de Vanesa.
Sintió la necesidad de una siestecilla, y puso la alarma del despertador para hacer la llamada clave a la hora convenida; sabía que ese día habría una cena con los Pancardo en la residencia Restrepo, así que vestido con la ropa de la oficina, cubierto por sólo una manta con el logotipo del partido al que pertenecían, Julián se dispuso a descansar.
Lo último que se dijo a sí mismo antes de empezar a soñar, fue:
-       ¿Qué pasará cuando se escapen los esqueletos que tenemos relegados en el clóset y comiencen a danzar frente a nosotros?

Luego, soñó que se encontraba en el bar gay donde conoció a Nabor, donde éste a su vez le platicó por vez primera de su sueño recurrente… Ahí estaban las “luces negras” iluminando el escenario, con unos esqueletos bailando en la tarima. Bailarines con negros trajes de licra, ceñidos a sus cuerpos.

(III)

Mientras tanto, en la residencia de los Restrepo, una cena en petit comité transcurría con toda formalidad, cuya tensión fue diluida por la Sra. Pancardo:

-       ¿Y por cierto, dónde está el joven licenciado, el “soltero por decisión propia”?

-       Ahora se encarga de supervisar los asuntos de la oficina… de hecho, allá vive ahora. – Respondió Nabor.

-       Ay, qué lástima que esta noche no contemos con su presencia. Es un chico medio testarudo, pero de ideas interesantes.

-       Qué casualidad, algo parecido dijo él de usted, señora Pancardo.

-       No me diga, don Nabor; ah, qué cosas tiene la vida… (TR.) Y, por cierto… ¿cómo les fue en la barbacoa aquella en el rancho del preciso?

Vanesa se dispuso a contarles la experiencia.

-       Pues todo estuvo de lujo… carne de primera, cervezas importadas… un ambiente de lo más animado, sin formalismos.

Homero Pancardo empezó a sondear la situación.

-       O sea que, ¿platicaron muy a gusto con ellos…?

-       Sí, ya saben cómo es Felipe Vicente de bohemio… y su esposa, pues, una mujer encantadora y con alma de poetisa. – aclaró Nabor.

Y entonces Genaro, que ahora ocupaba el lugar que antes correspondiera a Julián en la mesa, abrió la boca para empezar a criticar.

-       Aunque, ufff… la verdad, no tiene muy buenos gustos para su guardarropa, ¿eh?; yo creo que su asesor de imagen es uno de sus peores enemigos.

Nabor comenzó a ponerse nervioso por las opiniones de Genaro, por lo que se apresuró a enmendar las opiniones de Genaro.

-       Lo que pasa es que… seguramente así es el estilo de nuestra primera dama, lo sencillo.

Y Genaro no captaba que sus comentarios, aunque sinceros, eran inoportunos.

-       Pero, ¿qué no checaste… digo, no checaron el maquillaje tan corriente que ella llevaba puesto? Si me lo preguntan a mí, podría recomendarles productos mucho mejores, que dejan el cutis terso, cual nalguita de bebé.

Vanesa se percató del pánico que comenzaba a reflejarse en el rostro de Nabor, pues lo afeminado de su asistente estaba floreciendo en todo su esplendor.

-       No me diga, joven… ¿usted sabe mucho de maquillajes? – preguntó Berta, con dolo.

-       Uy, sí… por supuesto, lo que pasa es que…

Vanesa intervino, para justificar las declaraciones de Genaro.

-       Lo que pasa es que la hermana del joven trabaja como demostradora en la sección de perfumería de una importante tienda departamental. Por eso él sabe tanto de ese tema, ¿verdad, Genaro?

-       Oh, sí; claro, claro. – Respondió el aludido.

-       Pero, retomando el tema de la barbacoa… ¿platicaron de alguna cosa “importante” con Vicente Felipe? – Inquirió Homero.

Entonces Nabor comentó, con falsa naturalidad.

-       En realidad, todo fue tan cotidiano, que ni tiempo nos dio de entrar en asuntos complicados; la verdad, estar en esa reunión, fue como haber estado entre amigos de toda la vida.

Y Vanesa remató, siguiendo la línea que ya había establecido de antemano con su marido esa mañana.

-       Sin embargo, bueno… ustedes saben cómo son estas cosas; el hecho de que se hayan tratado asuntos de manera informal, no quiere decir que se haya hablado de manera superficial.

Entonces Genaro intervino, muy espontáneo.
-       Guau, ¡qué frasecita tan chic! La voy a anotar en mi libretita de “citas citables”.

Nabor trató de controlar las participaciones de Genaro.

-       Se me ocurre una idea, Genaro… ¿por qué no vas ahora mismo a anotarla…? Creo que tu libreta está en el despacho.

-       ¿En el despacho? Más bien creo que la dejé en la recám…

Vanesa lo interrumpió de un tajo.

-       Bueno, donde esté. Por favor, hazle caso a mi marido, ¿sí, corazón?

-       Ah, sí, sí… claro. Bueno, con su permiso.

Genaro se encaminó rumbo a recámaras, no sin antes dar a los presentes una airosa despedida ad libitum. La cena continuó unos minutos en silencio, hasta que doña Bertha verbalizó lo que todos pensaban.

-       Oiga don Nabor, ese jovencito que ahora tiene de ayudante…

-       ¿Sí?

-       Se ve que tiene una graaan sensibilidad.

-       A mí más bien me parece afeminado, por no decir otra cosa.

Nabor y Vanesa, disimularon su nerviosismo. Él intentó suavizar la situación.

-       Ejem, bueno… lo que pasa es que… pues…

-       Sí, es un chico delicado; pero ustedes, uh, no saben… él no tiene la culpa de ser así. – justificó Vanesa.

-       Es que figúrense, desde antes de que naciera, sus padres estaban esperando una niña. – añadió Nabor, con poca gracia.

Vanesa miró a Nabor como diciendo “no me ayudes tanto”.

-       Ya saben… a veces las familias disfuncionales, pues… generan pequeños problemas de personalidad en los más vulnerables; pero de hecho, Nabor y yo ya estamos trabajando para que este joven no se desvíe del buen camino. – aclaró ella.

-       Sí, yo personalmente me he preocupado mucho por encausar al muchachito.-  Señaló él.

Y Bertha lanzó el dardo:

-       Aunque el viejo y conocido refrán dice que “árbol que crece torcido…”
Homero interrumpió a su mujer, dado lo obvio de su comentario.

-       Sí, Bertita; pero los humanos no son comparables a los árboles. – Añadió en tono docto - Yo leí por ahí que las “personitas” como este joven, pues, no tienen la culpa de ser como son… es algo que tiene que ver con el exceso o deficiencia de ciertas hormonas cuando el bebé está en formación dentro de la madre y qué se yo; en fin…

La señora Pancardo no cedía.

-       Pero, igual, no por eso vamos a justificar comportamientos contra natura.

-       Claro, lo importante en este caso es que ya estamos tomando las medidas pertinentes para corregir el problema. – señaló Nabor.

-       ¡No me diga que va a llevar al muchacho a un prostíbulo!

-       ¡Berta, por favor! ¿Qué van a pensar de ti don Nabor y Vanesa?

-       Ay, Homero… ¿de qué te espantas? ¿Así han sido siempre las cosas, desde el inicio de los tiempos, no? Hay que llamar al pan, pan… y al vino, vino.

Vanesa entonces señaló:

-       Señora Pancardo, hay algo que no acabo de entender… usted que se asume a sí misma como guardiana de la moral y las buenas costumbres… ¿Está sugiriendo llevar a Genaro con las sexo servidoras?

-       Sí querida, yo sé que esto es contradictorio en apariencia, pero… después de todo, lo de ir con las mujeres de la vida galante para desquintarlo es un pequeño mal necesario, para corregir un mal todavía mayor, ¿no creen?

Vanesa y Nabor rieron, aunque un poco forzadamente.

-       Oh, sí, claro, claro.

Fue entonces que se dejó escuchar el timbre del teléfono. Como nadie acudió a responder, la contestadora automática se activó. Todos, queriéndolo o no, escucharían el mensaje que van a dejar. Se escuchó

Está usted llamando a la residencia del licenciado Restrepo, deje su mensaje”.

Después del pitido, se escuchó la voz de Julián en el altavoz del teléfono.

-       Nabor, ¿estás ahí? Tengo algo muy importante que decirte.

Nabor se levantó a tomar el inalámbrico, pero la contestadora no se desactivó, y el altavoz siguió funcionando.

-       ¿Bueno? ¿Bueno? – respondió Nabor.

-       Ayer me entregaron los resultados de unos análisis que me hice…

Nabor comenzó a angustiarse, pues no podía desconectar el altavoz. Todos estaban atentos a las palabras de Julián.

-       ¡Julián, espérate… hay invitados en la casa!

Al parecer, el otro no escuchaba las palabras de Nabor, porque seguía hablando.

En eso, Genaro bajó de recámaras, libreta en mano.

-       ¿Ya ven? Aquí está mi superlibret…

Genaro se dio cuenta de que todos estaban callados.

-       Me da mucha pena decirte esto que tengo que confesarte, porque eso quiere decir que tú también podrías estar en problemas. – dijo Julián desde el otro lado de la línea.

Nabor se puso histérico, golpeaba el teléfono, intentando activarlo inútilmente.

-       ¡Julián, Julián, espérate! ¡Carajo!, ¿qué le pasa a este aparato? – Dio con el origen del problema - ¡La pila, por Dios, está muerta!

-       Sólo quiero decirte que es necesario que acudas tú también a hacerte tus análisis; porque, oh… Nabor, cuánto me duele confesar esto… ¡estoy infectado!

De la impresión, a Genaro se le cayó lo que tenía en las manos y se quedó ahí, totalmente azorado ante lo que escuchaba.

Los Pancardo comenzaron a entender, aunque no del todo, el significado de las palabras de Julián.

Nabor, estupefacto, no atinaba a hacer el menor movimiento.

-       ¿Por qué no me dices nada, Nabor? Estoy tan impactado por esto… yo lo siento tanto, tanto… no puedo creer que esto me esté pasando a mí, a mí… por favor, Nabor, dime que nada de esto es verdad… por favor, ve a hacerte tus análisis, porque no me perdonaría si tú, si tú…

Vanesa desconectó el plug que unía al aparato con la línea. La llamada de Julián quedó interrumpida.

Se instaló un absoluto silencio. Hasta que Genaro dio un grito de loca despechada y salió corriendo a recámaras, angustiadísimo.

-       ¡Nooo!

Todos se quedaron sin saber qué hacer o qué decir. Nabor estaba en shock.


FIN DEL CAPÍTULO 2