Noche 4
Venegas
y la doctora Díaz paseaban por el campo de cultivo, bajo la luz de la luna. Él
seguía un poco molesto por lo que estuvo discutiendo con el representante de la
empresa semillera.
— ¡Es que no
lo puedo creer, Ana! ¡Las empresas se están adueñando del derecho de usar o no
las plantas!
— Bueno, si
lo ves desde el punto de vista de las compañías, ellas han invertido mucho
dinero en hacer investigación, experimentos…
— No me
digas ahora que los apoyas…
— Por
supuesto que no… sólo quiero que te pongas en los zapatos de esas gentes, para
que veas los dos lados de la moneda.
— Mira, yo
comprendo que la iniciativa privada haya gastado mucho dinero en sus proyectos
de modificación genética… pero, a ver, los campesinos llevan siglos haciendo
mejoramiento en las plantas, ¡y nadie ha salido para pagarles un centavo de
regalías o darles derechos de autor por las variedades que ellos han creado!
— Es que, el
asunto es más complejo… la verdad, creo que la sociedad no estaba preparada
para enfrentar este tipo de situaciones.
— Pues como
no va a ser así, ¡si la tecnología avanza más rápido que las leyes que se
necesitan para regularla!
La
doctora le sonrió.
- Bienvenido
al siglo 22, Eduardo.
Él
le devolvió la sonrisa.
DÍA
5
(I)
El
ingeniero Venegas conducía su camioneta, del lado del copiloto iba la doctora Díaz.
— Ana, ¿tú
crees que en este lugar al que vamos, encontremos la información que
necesitamos?
— Pues hasta
donde yo sé, es en la NaBioCo donde están centralizando la información sobre
diversidad biológica.
— ¿Y ahí nos
podrían decir dónde podríamos encontrar las semillas más adecuadas para la
cooperativa?
— Pues por
lo menos nos podrían decir en qué banco de germoplasma del mundo están
almacenadas esas semillas.
— Igual y
vamos a tener que ir al otro lado del mundo para conseguirlas…
En
eso, se escuchó el teléfono celular de Venegas.
— ¿Bueno?
Del
otro lado, una tímida voz se escuchó.
— ¿El
ingeniero Eduardo Venegas?
— Sí…
Era
Gina Robles, quien llamaba desde una cafetería rústica; ella, cerca de los
treinta años, vestía tipo hippie, con chaleco y blusa indigenistas.
— Mucho gusto, mi nombre es Gina Robles
y soy la subsecretaria ejecutiva de la Asociación Ecológica Tzicahuaztli…
- Me enteré por un conocido del problema que
tuvo su unión campesina con la empresa semillera… él fue quien me dio su
teléfono.
- Ah, ya veo…
y, ¿en qué puedo servirla?
Díaz
del Rosal estaba intrigada por la llamada, pero no lo demostraba abiertamente.
- Estamos muy
interesados en platicar con usted, hay un proyecto en el que su cooperativa y
nuestra asociación podrían trabajar juntos… ¿cuándo nos podríamos ver?
A
Venegas le tomó un poco por sorpresa tanta insistencia, pero se comportó
amable.
— Mmhh…
podríamos reunirnos mañana… ¿le parece bien si al rato les hablo para ponernos
de acuerdo?
— Excelente.
Hasta entonces, ingeniero.
— Hasta
luego, sí.
Gina
le pasó el azúcar a Luciano, el capataz; se están terminando de tomar un café.
(II)
Venegas
se despidió de Gina y colgó. Luego, le dijo a Díaz.
— ¿Tú habías
oído hablar alguna vez de una tal “Asociación Ecológica Tzicahuaztli”?
— Me suena,
me suena… ah, sí, creo que sí… pertenecen a algún movimiento en pro del
ambiente… pero más no sabría decirte. –Dijo ella.
— Pues dicen
que están interesados en platicar con la unión campesina. Creo que se enteraron
del problema que tuvimos con la semillera.
(III)
El ingeniero Venegas y Ana Díaz del
Rosal (ambos con sus gafetes de visitante) caminaban por el edificio en
compañía de Ivonne Simms, una analista de datos de la NaBioCo; se encontraban en
el centro de cómputo, con los capturistas. Mientras realizaban el recorrido Ivonne
les señalaba aspectos diversos de las pantallas de captura.
— Como
verán, aquí en La Comisión estamos generando una base de datos digital, que contiene
información muy importante sobre las diferentes especies que existen en el
país. Esta base la estamos construyendo con un programa llamado “Tiobica”.
— ¿Y qué
tipo de información contiene esa base de datos?
— Pues, por
ejemplo, en el caso de las plantas abarcamos desde el nombre de la especie, sus
datos de localización, la descripción de las características más importantes,
así como su utilidad. – Hizo una pausa, cual guía de museo - Aunque no nos
limitamos a los vegetales, también nos ocupamos de las especies animales, y los
hongos.
— ¿Y esta
información es accesible para el público en general?
— Sólo para
los especialistas, previo registro ante nuestra institución. –Siguió con su monótono
timbre de guía de turistas -Esto se debe
a que varias de las especies que manejamos en esta base de datos son
protegidas, pues están en peligro de extinción…
El
ingeniero asintió interesado.
(IV)
El
ingeniero estaba sentado en una mesa junto con Gina Robles e Issac Adame, un señor algo pasado de los treinta
años y de peso también.
— Gracias
por venir, ingeniero. La Asociación Ecológica Tzicahuaztli está muy interesada
en su asunto.
— Pues a
decir verdad, me sorprendió su llamada, Gina… pero vine porque quiero saber a
qué se refería cuando dijo que “podríamos trabajar juntos”.
— Lo que
nosotros queremos en nuestra asociación es lograr que se respete el medio
ambiente y la ecología…
Issac
permanecía callado. Gina agregó:
— Algunas
veces nos vemos obligados a tomar medidas un poco enérgicas, pero todo es por
la causa de la Madre Tierra –se dirigió a su acompañante- ¿O no, Issac?
— Claro. Actuamos
por el único interés de conservar el hogar que habitamos, o sea, este planeta…
de hecho, estamos en contacto con otras asociaciones civiles, como las que
defienden los derechos humanos.
El
ingeniero los miró intrigado .
— Por
ejemplo, hace un par de semanas, fuimos a hacer un graffitti en la fachada de
una trasnacional que se dedica a fabricar ropa utilizando mano de obra de
chavitos… -Informó ella.
— ¡Es que no
puede ser! ahí trabajan muchachos de ocho, o nueve años… ¡y hay turnos de doce
horas completas! –dijo Issac.
— La gente
que maneja ese tipo de empresas no entiende por la buena- observó Gina.
— Pero
después del “recuerdito” que les dejamos pintado en el edificio, quizá se lo
piensen más. – Señaló Issac.
Venegas
mantenía cara de jugador de póquer ante lo que escuchaba.
— Seguramente
usted piensa que esto último nada tiene que ver con la ecología, pero es que en
realidad nos preocupa mucho la justicia social.
— Y eso sí
tiene que ver con la ecología, sobre todo cuando hay muchos intereses de por
medio.
Gina
e Issac se miraron con complicidad. Venegas se sintió incómodo.
— Ingeniero,
en verdad queremos ayudarle en su problema contra la semillera esa…
— Bueno, en
realidad ese problema ya se arregló… llegamos a un acuerdo mutuo. Ellos anularon
el contrato de exclusividad que teníamos con ellos y nosotros no los demandaremos.
— Pero, ¡pudieron
haberle sacado mucho más provecho a esa trasnacional!
— Claro, una
indemnización por daños y perjuicios. Al fin que para esas empresas, un millón
más o un millón menos es como quitarle un pelo al gato.
— Bueno,
ustedes comprenderán que nuestra organización no puede estarse dando el lujo de
pagar abogados o de someterse a un largo y costoso proceso jurídico.
Gina
se dirigió a Issac.
— El
ingeniero tiene razón… ese punto ya está rebasado.
Y
luego se dirigió a Eduardo, en tono confidencial.
- En realidad,
nosotros queríamos saber si podría ayudarnos a conseguir cierta información
sobre especies en extinción, contenida en una base de datos en la universidad
donde trabaja su amiga, la doctora Ana Díaz del Rosal.
Venegas
se puso discretamente en guardia.
— Y, ¿por
qué no se lo piden a ella?
— Lo que
pasa es que, ya lo hemos intentado… pero nos pone demasiadas trabas
burocráticas para darnos acceso a la información que requerimos.
— ¿Qué uso
le darían a esa información?
— ¡Por
supuesto que un uso adecuado!… nosotros somos los buenos, ingeniero.
— Queremos saber
dónde se encuentran las especies vegetales en extinción para organizar equipos
de voluntarios, que a su vez vayan a proteger la zona de posibles agentes
agresores.
— “¿Agentes
agresores?”
— Sí, mire,
le voy a poner un ejemplo: los que van a cuidar a las ballenas grises, o a los
delfines de los barcos atuneros.
— En este
caso, nosotros protegeríamos a las plantas que estuvieran en peligro de ser
robadas o sacadas ilegalmente del país.
— Ah, ya
veo.
Venegas
comenzó a sentir desconfianza, abiertamente; pero no lo demostró.
NOCHE
5
La
doctora Díaz y el ingeniero conversaban con seriedad en el laboratorio de
parasitología agrícola.
— Me pareció
muy raro que los ecologistas estuvieran tan interesados en conocer dónde están
los centros de conservación. – Dijo él.
— Y con
razón. Tú sabes que esa información puede ser mal utilizada si la obtienen quienes
no deben. ¿Te acuerdas de lo que pasó con las cactáceas que cuidaban en el Valle
de Tehuacán?
— ¿Las de
ornato?
— Sí, ésas;
estaban en una zona de protección ecológica, pero alguien se enteró de la
localización exacta del centro, con coordenadas geográficas y todo… y pues, se
las llevaron sin dejar rastro, luego reaparecieron en florerías en el
extranjero…
— Quién lo
diría…
— Yo creo
que entre más pronto te desligues de esa supuesta asociación ecologista, mejor.
Ambos
se miraron, preocupados.
DÍA
6
(I)
Venegas leía unos libros. Alguien lo
observaba. El ingeniero caminó hacia otro estante y también quien lo miraba. Venegas
volteó y no vio a nadie. Siguió buscando libros. El ingeniero se percató de que
cierta persona se ocultaba rápidamente entre unos estante. Él se acercó,
persiguiendo al individuo, quien se alejaba velozmente.
- ¡Hey, un
momento…!
Alcanzó
a la persona.
— ¡Gina…!
— Ingeniero,
yo… no malinterprete las cosas, todo lo hago por proteger la ecología.
— Pero no…
— hágame un
favor, se lo suplico, luego le explicaré: saque este disco de aquí…
Gina
le entregó un cd‑rom.
— Contiene
información muy valiosa sobre la ubicación de los centros de conservación.
— ¿Lo sacó
de la sala de documentación?
— Sí…
averigüé que en esta biblioteca hay una copia de la base de datos que andamos
buscando; pero el acceso está restringido y no me dejaban leerla; así que la
tomé “prestada”…
— ¿Se la
robó, Gina?
— No puedo
mandarla por internet porque tomaría mucho tiempo, el archivo es demasiado
grande. Por favor, llévese este disco y entrégueselo a Issac… yo no puedo
hacerlo porque saben que pertenezco a la asociación ecologista y me van a
registrar a la salida… pero a usted no le van a decir nada, porque ya lo
conocen.
El
ingeniero dubitativo.
- Por favor,
es muy importante…
El
ingeniero tomó el CD y avanzó unos pasos. Gina lo observaba.
(II)
Venegas
salió del edificio, con el CD. Apareció Issac, quien le susurró al ingeniero.
— Creo que
usted tiene algo para mí…
— Sí claro,
por supuesto.
El
ingeniero le entregó el CD. Issac sonrió.
(III)
Venegas,
meditabundo, estaba sentado, mirando de frente al sol del atardecer.
- Aquí todo se ve en calma, muy tranquilo…
mientras en alguna parte del mundo se están extinguiendo especies valiosísimas
para la humanidad… mientras que en otra se están modificando semillas, con
experimentos genéticos que terminarán por afectarnos a todos, para bien o para
mal. ¡y pensar que muy poca gente ha reparado en la importancia de todo esto!
En
eso, sonó el celular de Venegas.
- ¿Diga?
Era
Issac al otro lado de la línea, algo molesto.
— Ingeniero,
creo que hubo un error… el CD que me dio viene en blanco.
— No es un
error, Issac… No voy a involucrarme con ustedes… porque no creo en sus métodos
de lucha.
— Pero todo
es por una buena causa, ingeniero… algunas veces hay que actuar con decisión, y
gritar un poco para llamar la atención.
— Pues no
estoy de acuerdo… hay otras maneras; en lo personal, yo prefiero el camino por
la vía legal. ¿O cree que haciendo pintas en las paredes van a cambiar las
cosas?
— Pues tal
vez no, pero tenemos que despertar la conciencia de la sociedad… y si usted
quiere pelear en solitario, pues entonces le deseo buena suerte ingeniero… va a
ser una larga lucha contra los gigantes corporativos.
— Yo también
les deseo buena suerte, Issac. Adiós.
El
ingeniero colgó. Luego llegó la doctora del Rosal, quien tomó asiento junto
a él. Mientras platicaban, Venegas le entregó el CD con la información
verdadera.
— Gracias
por recuperar esta información. ¿Por qué te decidiste a no darle este disco a
los de la asociación ecologista?
— Pues
porque no me gusta hacer cosas buenas que parecen malas… no es mi estilo.
— ¿No te
convencieron aún después de todo el rollo que te echaron?
— Pues
tienen razón en algunas de las cosas que dicen… por ejemplo, de que los avances
tecnológicos, aunque son muy deslumbrantes, nos afectan a todos como sociedad.
— Eso que
dices es muy cierto, y ya no sólo los cambios son en una región determinada, o
en un país… sino a nivel planetario.
— Debe haber
alguna forma que la gente tome conciencia de lo importante que es este
tema…
— A mí
también me interesa hacer difusión sobre el asunto…
— Pues, si
te parece buena idea, te propongo que trabajemos juntos en esto… ya lo has
dicho, tú y yo formamos un buen equipo…
— Me parece
una propuesta estupenda.
Venegas
y Ana Díaz del Rosal se miraron, sonrientes.
(IV)
Sin embargo, a pocos metros de ahí, en
el cuarto de conservación de semillas a humedad relativa cero, y a menos 5
grados centígrados, el cuerpo de Gina se congelaba. Alguien la había golpeado
en la cabeza con un objeto contundente y luego la introdujo al cuarto frío. Ella,
en su delgado vestido hippie, sufría rápidamente las consecuencias de la
hipotermia; poco a poco, una especie de sueño mortal la comenzaba a invadir,
con los miembros totalmente entumidos y sin fuerzas para poder emitir siquiera
un leve grito de auxilio.

¿FIN?
Más información: Revista Wired, septiembre 2005.
Cerca de la tercera parte de la población de Zambia
estaba muriendo de hambre el año pasado, cuando Estados Unidos donó miles de
toneladas de alimento a esta nación africana localizada al sur.
Sin embargo, el presidente de esa nación, Levy
Mwanawasa, simplemente no aceptó el donativo. Los alimentos, principalmente
maíz, estaban genéticamente modificado para ser más resistente a la plaga que
asolaba a esa región. Pues para Mwanawasa, genéticamente modificado significaba
“alimento envenenado”.
Zambia es el ejemplo más dramático del conflicto
creciente acerca de los alimentos genéticamente modificados; conflicto que
consiste en iniciar una guerra comercial a nivel mundial.
Pues en tanto los norteamericanos aceptan la semilla
genéticamente modificada, los europeos rechazan esta tecnología por razones
culturales; pues por tradición prefieren el alimento natural que el procesado.
Alrededor de los alimentos genéticamente modificados
hay mucha controversia, pues los ambientalistas están en contra de estos
productos, en tanto que los agroindustriales abogan por su utilización, pues
son más eficientes desde el punto de vista de las finanzas.
En tanto que las empresas de biotecnología gastan
millones de dólares en investigación y desarrollo. Por ejemplo la empresa,
Epicyte Pharmaceuticals planea comenzar pruebas clínicas en un anticuerpo para
el herpes, derivado del maíz.
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